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martes, febrero 21, 2006

Sobre la bondad

Hay personas que me provocan una felicidad y ternura instantánea. Aunque sé bien lo falsas que pueden ser las primeras impresiones, siento de una manera difícilmente explicable que son buenas personas.
Para mí no existe mayor virtud que ser bueno. Muy por encima de cualquier otra cualidad, de la inteligencia, de la cultura, del ingenio, la fuerza o la belleza, está la bondad. Ahora se piensa que la bondad es una vaguedad indefinible y se la denigra hablando de "buenismo". El buenismo existe, por supuesto, pero también existe la bondad. Y es una cosa tan palpable que recuerdo el momento exacto en que decidí ser bueno en la adolescencia. No quiere esto decir que fuese antes especialmente malo o después especialmente bueno, pero la decisión y el cambio en mi personalidad fueron absolutamente perceptibles en ese momento.
Desde la infancia admiro el verso de Machado que dice: "Soy, en el buen sentido de la palabra bueno" y admiro a Machado por su bondad.
He creído conocer de manera pasajera a bastantes personas buenas, y también he percibido a menudo que algunas que son buenas se disfrazan de malas para no desentonar. Hace tiempo pensé escribir una novela en la que ángeles bienintencionados se disfrazaban de malvados para tener así más posibilidaes de éxito. Supongo que no la escribí porque ya la escribió Chesterton en El hombre que fue Jueves.
También me gustan desde hace mucho tiempo algunos sabios secretos y buenos como los madyhamikas del Islam, porque creo que la bondad no debe ser proclamada en exceso, porque se corre el riesgo de convertirse en una pose semejante al cinismo y volverse, además, inútil: los argumentos movidos y apoyados en la bondad no convencen a casi nadie: todo el mundo los escucha con cierta desconfianza, como si no fuesen de suficiente calidad. Las mismas razones, expuestas sin ningún rasgo bondadoso, por ejemplo aludiendo al carácter práctico, tienen mucho más efecto.
Incluso los estoicos o los budistas tuvieron que fabricar una metafísica para resultar más convincentes.
También he conocido y convivido con unas cuantas personas buenas, aunque no demasiadas. Tengo la suerte de que una de ellas es mi hijo y otra la mujer a quien amo.
Creo que muchas más podrían ser más buenas, si no fuera por prejuicios intelectuales que les llevaron al camino del cinismo y la ironía cruel, que es mucho más chic. Pero supongo que todo esto son vaguedades y no encajan en el lenguaje admitido hoy.


Escribí esto en la terraza de un restaurante de Montevideo, inspirado por el camarero, que me conmovió por la bondad que creí percibir en él, a pesar de que no se comportaba ni mucho menos como la parodia habitual de una persona buena, sino, simplemente, sin toda esa carga de hipocresía y pose en el trato que solemos usar tan a menudo. Sólo cruzar dos o tres palabras y quedé subyugado y emocionado. Después, cuando terminé la cena, como si hubiese leído todo lo que había escrito mientras cenaba, me despidió afectuosamente y me estrechó la mano, como si supiera exactamente lo que yo pensaba entonces, y me deseó mucha suerte.